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Elogio del loop

escher_csg026_encounter

Por Alejandra Eme Vázquez:

escribe una página pero no la misma página

diariamente

lee veinte minutos

diariamente

camina diez mil pasos

diariamente

haz tres comidas pero balanceadas pero con dos refrigerios pero antes de las ocho

diaria-

mente

 

La práctica hace al maestro, me dicen. No sé si me lo digan por cierto o porque hemos insistido en ello lo suficiente como para considerar a la repetición un adecuado instalador de ideas y a las ideas instaladas, una herramienta útil para funcionar en este gran programa que llamamos mundo. Como cuando me dejaban hacer planas o memorizar las tablas y luego a eso atribuyeron que cumpliera yo una expectativa de inteligencia, la misma que ahora se espera que mantenga aunque sea a fuerza de repetir fórmulas, de inventarme puntos-origen para ser el compás que imagina su propio círculo y luego aplaude la ilusión cósmica de cerrarlo. La práctica hace al maestro. La práctica hace al maestro. La práctica hace al maestro y yo cruzo los dedos para que ser maestro incluya la capacidad de deshacer a la práctica.

Vivimos de inaugurar y clausurar ciclos. Respiramos de etiquetarlo todo a partir de lo que necesita para completarse: listas de requisitos, números de veces y una vez completado vamos de vuelta al comienzo. Que hace falta repetir una conducta por dieciséis días para que se convierta en costumbre; que hay que usar la palabra recién aprendida veinte veces para que se incorpore al vocabulario; que para dar testimonio de que sí estuvimos vivos hay que sembrar un árbol-ciclo, tener un hijo-ciclo, escribir un libro-ciclo, quizá porque nos hace falta sentirnos origen para darnos dirección.

Quizá porque, como todo universo, El Cuerpo es sistema y se archiva a sí mismo: le dan un golpe y conserva la marca, lo besan y clasifica la sensación, lo estimulan una vez y reacciona para siempre. Me perturba y fascina pensar que el hambre que tengo justo ahora es la misma que tuve hace tres horas, hambre origen siempre de vuelta a sí misma; igual que el sueño, el frío, el calor, ¿cómo podríamos producir uno distinto cada vez, si desde que nacemos somos información registrada y dispuesta a guardarse? Vamos a desenrollar los dos metros de ADN que tenemos en cada célula y vamos a leerlos en equipos, a comprenderlos en plenaria, a ver si así por fin resolvemos cómo seguimos condenados a repetir historias que ya nos sabemos de memoria. Repetir historias que ya nos sabemos de memoria. De memoria, que es decir de la (necia) reconstrucción cíclica sobre eventos originalmente destinados a esfumarse.

Me gustan esos videos en los que instalan una cámara mirando al cielo y graban, digamos, durante una semana para que en la edición veamos atardecer, anochecer, amanecer, atardecer, anochecer, amanecer y así siete veces hasta que entendemos que todos los días son idénticos a sí mismos y entonces podemos volver al zoom de las pequeñas cotidianidades, que de tan llenas de detalles ocultan mejor las rutinas o las disfrazan de otras cosas. Me gustan porque me dan la aparente esperanza de pensar que la rutina no es un asunto sólo humano, aunque sólo en lo humano cobre ese sentido mientras que en todo lo demás parecería ser producto de un auténtico resetearse porque, ¿en qué clase de memoria podría caber la logística de una puesta de sol?

Repetimos para recordar, para transmitir y para entretenernos en algo porque la vida, para serlo, debe basarse en el cumplimiento de procesos acordados desde y hasta quién sabe cuándo. Hablando de pensamientos obsesivos, no hay forma de escapar a lo cíclico: al imitar a la naturaleza en erigir sistemas, terminamos esclavizándonos a ellos. Y justo cuando el pensamiento obsesivo nos abruma, antes de que logre jaquear a la cordura de una vez y para siempre, llegamos de nuevo al punto de fugarnos a la práctica aprendida que nos hace maestros. Maestros en contarle caracteres al ingenio, en mirar bostezar al mismo gatito hasta llegar al límite de la ternura, en convivir con otras formas de repetición que llamamos “los demás”, en dejar lo de hoy para un mañana que no llega, en entregar la cultura como nos la entregaron a nosotros, en vivir el momento, este momento y este otro, porque alguna vez no habrá un próximo. Porque hay que creer que nuestra presencia hace peso de tanto repetirla. Porque qué más puede hacerse. Porque sí,

porque si,

porque Sísifo.

[Imagen: M. C. Escher, Encuentro.]

Un ahorita tiene sesenta minutitos

ahorita

Por Ángel Gilberto Adame:

Me intriga el uso que los mexicanos damos a la palabra ahorita. La ambigüedad del contexto, más la falta de concordancia entre el dicho y el hecho hace que, cada que la escucho como respuesta de un legítimo apremio de mi parte, termine envuelto en la dicotomía entre la pronta satisfacción de mis requerimientos o la sensación de que literalmente me vieron la cara.

Para la Asociación de Academias de la Lengua Española, el contenido de la expresión significa un ahora mismo. Esta definición debería zanjar cualquier tipo de controversia; entonces, ¿por qué me siento timado cuando las cosas no suceden con la rapidez que marca la expresión?

En el Diccionario breve de mexicanismos de Guido Gómez de Silva no hallé mayor referencia, y en el Diccionario panhispánico de dudas aparece lo siguiente:

Ahorita. Diminutivo de ahora, usado frecuentemente en el habla coloquial de amplias zonas de América: «Me encantaría, pero ahorita estoy apuradísimo» (Bayly Días [Perú 1996])…”.

A pesar de la inmediatez que enfatiza la primera fuente, en el segundo se insinúa un pretexto. ¿Esto sugiere que cuando alguien la expresa, en esencia está diciendo que no va a atender a su interlocutor? Luego, ¿qué pasa si termina por atenderlo y hacer lo que le pide?

Tuve que recurrir a un medio poco ortodoxo para intentar despejar mi interrogante, El chilangonario, vocabulario de supervivencia para el visitante de la Ciudad de México de Alberto Peralta de Legarreta. En él texto se apunta:

Ahorita. dim. de ahora. En México, la palabra ahorita puede significar algo que se hará de inmediato, pero también es una expresión que no asegura cuándo sucederá; incluso se llega a utilizar el diminutivo del diminutivo —ahoritita— para indicar inmediatez. El uso irracional de un diminutivo en un adverbio de tiempo es quizá consecuencia de un afán del mexicano por ser amable.

“1. Ahorita lo atiendo.

“—Podría pasar una hora antes de ser atendida.

“2. ¡Levanta tus juguetes ahoritita mismo!

“—De inmediato, ya.

“3. Ahorita no tengo ganas de hacer nada.

“—En este momento, el día de hoy.

“4. ¡Ahorita voy!

“—En algún momento del día, no se sabe cuándo”.

En conclusión, sigo en la oscuridad. Puede que nuestro ahorita sea el primer caso de un oxímoron de una sola palabra. Es sintomático que en el curioso libro del maestro don Guillermo Colin Sánchez, Así habla la delincuencia y otros más…, el asunto merezca dos entradas, una para “ahorita” y otra para “ahoritita”. Quizá de ahí deriva mi sentimiento de haber sido estafado.

¿Leer es sexy?

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Por Deniss Villalobos:

“Leer es sexy”, nos dicen algunas campañas de librerías, blogs, imágenes de facebook  y personas que, con esa frase, intentan promover la lectura. Imagino que debe venir del popular “smart is the new sexy”, y no me molesta ni agrada especialmente ninguna de las dos frases, pero sí creo que leer solo hace lucir sexys a las personas que ya lo son, sin importar que tengan un libro en las manos, acaricien un perrito o se pasen el día en pijama viendo caricaturas, y que la inteligencia no tiene que ver siempre con la lectura.

Después hay otra cosa: ¿qué es sexy? Según las imágenes de relacionadas a la frase ya mencionada, la sensualidad está relacionada a cosas como poca ropa, estrellas de cine —en especial mujeres, vestidas de manera aparentemente sencilla pero que igual hace que luzcan como de otro mundo—, cuerpos atléticos en el caso de ellas y musculosos en el de ellos, además de poses que, siendo honestos, la mayoría podríamos soportar por menos de diez minutos a la hora de leer.

Tal vez es justo eso, las posiciones en las que las fotografías de la lectura sexy, lo que me hace darle vueltas y no terminar de entender bien a qué se refiere quien habla de lectura y sensualidad. ¿Cuántas personas aguantan leer un par de horas sentadas en la misma posición y en el mismo lugar? Quizá tendría que hacer una encuesta, pero desde mi experiencia y varias personas a las que he leído o escuchado hablar del tema, se necesita estar en movimiento a la hora de leer. Pasar quince minutos en el sillón, hasta que el brazo comienza a doler y la espalda te molesta, entonces ir a la cama y dar vueltas que se parecen más a un show de contorsionismo en la carpa de freaks de un circo que a Marilyn Monroe leyendo el Ulises.

Claro que entiendo la parte estética, pues para algunos, y me incluyo, es fascinante ver a una persona leer, en especial si esa persona nos parece atractiva. Me gusta observar a las personas que leen en el transporte público y pongo especial atención en sus gestos; cómo cambian de página, la manera en que sostienen el libro, la forma en que inclinan la cabeza o si hacen algún movimiento involuntario cuando están muy concentradas. También me declaro una espía de lecturas y no son pocas las veces que me he torcido el cuello al intentar descubrir el título que la persona sentada frente a mí está leyendo.

Así que seguramente hay sensualidad y belleza en el acto de leer y en el observar leer, pero depende completamente de lo que cada persona encuentre atractivo. Dudo mucho que sostener un libro entre las manos haga que los otros piensen “qué sexy” por arte de magia, o que ser un campeón de matemáticas y leer 500 libros al año haga que seas sensual. Smart is the new smart. Hacer cualquier cosa puede ser sexy si alguien te considera sexy y si tú te sientes sexy. No hay fórmulas mágicas, y quizá un cartel que rece “leer es sexy” no es muy diferente al anuncio de algún producto milagro que prometa hacerte perder cuarenta kilos en tres meses.

El rostro de la desgracia

desgracia

Por Frank Lozano:

El mundo es un lugar donde los ciclos sociales no cesan. Cada tanto tiempo la convulsión llega e imprime su sello. Los ciclos abren y cierran episodios que someten a examen nuestra noción de civilización. Son fases donde el humanismo es puesto a prueba. Se ensancha o se contrae, según sea el caso. Se honra o se aprecia.

 El siglo pasado fue un verdadero invernadero de sucesos. Dos guerras mundiales con una gran recesión económica en medio. Diversos genocidios. Surgimiento de totalitarismos con sus respectivos dictadores sanguinarios. Una agenda social amplia que abarcó grandes transformaciones políticas, sociales y culturales, que derivaron en derechos civiles y en libertades. Avances tecnológicos, en salud y aeroespaciales.

 El momento actual tiene las características de un momento límite. Se asemeja a una placa tectónica a punto de ceder y romperse. Pareciera que cada centímetro de la tierra está sometido a una presión sin precedentes, y que no hay vida humana que sea ajena al temblor que está por venir.

 Los temas son diversos y cada uno empuja hacia un escenario catastrófico. Calentamiento global y depredación excesiva de recursos, crisis financiera global, conflictos militares regionales, guerra de precios en los energéticos, un resurgimiento silencioso de la guerra fría que amenaza con polarizar a las potencias mundiales; el debilitamiento de los bloques económicos; la apreciación del dólar y la posible recesión China, las crisis humanitarias, el fortalecimiento del odio racial y la discriminación.

 La gran pregunta —que en realidad se trata de una serie de preguntas—tiene que ver con el modelo económico dominante en el mundo y en cómo, dicho modelo, ha movido los hábitos y prácticas de la humanidad.

El consumismo parece haberse vuelto el principal criterio de valor y de decisión de una importante franja de la población. Y el consumismo de unos contrasta con la necesidad de otros. El consumismo ha convertido la tragedia en show mediático. Está convirtiendo las relaciones sociales en entretenimiento. Ha pulverizado el conocimiento hasta convertirlo en mera información. Si bien aparenta crear redes solidarias, lo que realmente hace es maniatar el activismo. Hace de la conciencia una trampa en la que el deber cumplido se verifica mediante un like o un fav.

 Hoy compartimos el sufrimiento del otro al instante, pero tardamos una eternidad en entender que la acción es lo que verdaderamente transforma las cosas. De todas las cosas malas que hoy ocurren, destaco una: el resurgimiento del odio racial, la intolerancia y la discriminación. Los niveles de desgracia que vivimos no se habían visto desde la segunda guerra mundial. Desplazados por guerra, por hambre y por falta de oportunidades colman las fronteras de muchos países.

 La respuesta de muchos ciudadanos, e incluso, de algunos actores relevantes como Donald Trump, lejos de invocar a la cordura, es un llamado a perderla. En Alemania son cada vez más frecuentas las acciones xenófobas. Países como Siria, Palestina, Irak, Yemen o Afganistán, son apenas algunos de los que hoy sufren. Pero en el continente americano, no estamos lejos de ser partícipes de ello. En la ciudad de Guadalajara, vecinos de dos colonias se oponen a la construcción de un albergue de tránsito para los migrantes mexicanos y centroamericanos que cruzan el país para llegar a Estados Unidos.

La crisis humanitaria toca nuestras puertas. Las razones son distintas de un lugar a otro, pero lo cierto es que el mundo está entrando en una fase peligrosa, en una zona de riesgo en la que la supresión del otro está a la puerta. Al parecer, Europa, de la mano de Francia y Alemania, comienza a reaccionar. Mientras tanto, en Estados Unidos, y en América Latina, todo parece indicar que no.

Virgilio y el Limbo

Virgilio

Por Oscar E. Gastélum:

“In a closed society where everybody’s guilty, the only crime is getting caught. In a world of thieves, the only final sin is stupidity.”

Hunter S. Thompson

El desenlace del melodrama barato titulado “La Casa Blanca” estuvo a la altura de sus protagonistas y de las irrisorias instituciones del país de pacotilla que le sirvió como telón de fondo. Virgilio Andrade, ese personaje patético que encarna a la perfección el sueño húmedo de cualquier caricaturista, y al que el Señor Presidente de la República nombró para que lo investigara a él, a su esposa y a su compadre, el mejor secretario de Hacienda del universo conocido, Luis Videgaray, se tomó seis largos meses para realizar una valiente, impoluta y rigurosa investigación que desembocó, ante la conmoción de la opinión pública internacional y contra todo pronóstico, en la exoneración de su jefe y sus cuates. Hoy quisiera utilizar este espacio para echarle sal a una herida que no debería cerrar nunca, exponiendo el caso en toda su inconcebible ridiculez.

Como seguramente muchos recordarán, todo comenzó cuando un grupo de periodistas ociosos que trabajaban para Carmen Aristegui abrieron un ejemplar de la revista Hola!, y entre sus ilegibles y afrentosas páginas descubrieron a la “primera” “dama” de la nación presumiendo una mansión faraónica en las Lomas de Chapultepec a la que ella, modestamente, se refería como: su hogar. Al detectar el apestoso tufo que emanaba de dicho artículo, los perspicaces periodistas comenzaron a hurgar en el asunto y destaparon una auténtica cloaca que terminó exponiendo la verdadera naturaleza, primitiva y corrupta, de un régimen con ínfulas modernizadoras y reformistas.

Y es que la desmesurada morada blanca (¿notaron ese ingenioso y colorido juego de palabras?) resultó ser propiedad de Grupo Higa, una constructora que recibió más de ocho mil millones de pesos en contratos de obra pública en los tiempos en que el Señor Presidente de la República fungía como redentor del Estado de México. Higa construyó la casa a la medida del mal gusto y el complejo de inferioridad de la pareja presidencial y luego, con generosidad inusitada, permitió que se la pagaran en cómodos abonos chiquitos.

La inaudita investigación periodística reveló también el exorbitante precio del ignominioso caserón: siete millones de dólares, que incluso antes de la más reciente y dramática devaluación significaba una cantidad estratosférica de pesos. Aquella suma ininteligible le permitió a la opinión pública nacional divertirse haciendo cálculos aterradores como este: Un trabajador mexicano promedio que se levanta todos los días a las cinco de la mañana para ir a trabajar, viaja durante dos horas de ida y otras dos de regreso a bordo de nuestro eficiente y cómodo transporte público, y es explotado sin piedad durante, mínimo, ocho horas diarias, seis días a la semana, a cambio de un salario de hambre, tendría que trabajar un par de milenios para poder comprar uno de los focos que, con exquisito buen gusto, pinta de naranja o verde fosforescente los impolutos muros blancos del palacete presidencial.

Pero a estas alturas del escándalo lo mejor estaba todavía por venir. Y es que el Señor Presidente de la República, tras volver de unas merecidas vacaciones en China, decidió galantemente lanzar a su amada esposa a los leones achacándole la propiedad de la polémica mansión. Todo esto a pesar de que en la versión audiovisual del extraordinario reportaje que desató el vendaval, todos vimos y oímos al arquitecto que perpetró el colosal crimen ético y estético de diseñar la casa, jactándose pública y cándidamente de que había sido un honor cumplir los caprichos de un cliente tan importante y exigente como el Señor Presidente de la República. Pero el Señor Presidente, honorable y valientemente, decidió negarlo todo y correr a esconderse tras las enaguas de su esposa.

El siguiente capítulo en esta esta delirante pesadilla tercermundista fue el infame video “explicativo” protagonizado por Angélica Rivera, quien se dirigió a la consternada nación insólitamente enfundada en lo que parecía ser una gruesa frazada purpúrea y recitando un mensaje que fue salvajemente tasajeado con cortes de cámara que hubieran desconcertado al mismísimo Godard, convirtiéndolo en un clásico instantáneo de indignante humor involuntario. Y es que, además, la susodicha, que nunca se caracterizó por sus dotes histriónicos, aseguró, en un tono de mal fingida indignación, haber amasado una descomunal fortuna estelarizando telenovelas de Televisa y haber comprado el níveo palacio con unos ahorritos que tenía guardados y gracias a las generosas facilidades que le otorgó el contratista favorito de su marido, al que dijo haber conocido por pura casualidad, en una de esas extrañas coincidencias que tiene  la vida. La “primera” “dama” remató su bochornoso y desconcertante performance prometiendo en tono iracundo que vendería la residencia de marras, como si semejante berrinche ayudara a aclarar las cosas o exculpara a su marido…

Unos cuantos meses después, Carmen Aristegui, la periodista que desató el escándalo y exhibió al redentor de la nación y domador de la condición humana como un vulgar y cobarde ladronzuelo, fue súbitamente despedida de su exitoso programa radiofónico tras cometer una falta tan grave e imperdonable que ni siquiera pienso describirla, pues en realidad fue una excusa tan burda e insignificante que la olvidé por completo. Hay quienes sospechan que los dueños de la radiodifusora cedieron ante la presión de un presidente mezquino y sediento de venganza, pero solo un chairo conspiranoico podría alucinar semejante fantasía.

Fue entonces cuando apareció Virgilio Andrade para cerrar con broche de oro nuestra edificante historia. Como si el carnaval de desternillantes e irritantes desatinos recién descrito no fuera suficiente, el Señor Presidente decidió poner al frente de una secretaría fantasmagórica e impotente a un buen amigo de su secretario de Hacienda, también bajo sospecha por la adquisición de otra casa patrocinada por Grupo Higa, y, en un acto de cinismo genial que equivaldría a nombrar a un sobrino al frente de la lucha contra el nepotismo, el salvador de México le encargó a su subordinado y amigo de su amigo que por favor los investigara a ambos. Y así fue como nuestro entrañable Virgilio se transformó en un conflicto de interés de carne, hueso y pelo embadurnado, encargado de encubrir los conflictos de interés en que había incurrido la pandilla presidencial.

Estoy consciente de que las referencias dantescas han abundado en los últimos días y de que la inmensa mayoría han sido bastante malas. Pero es demasiado tarde para que trate de evitarlas, pues además de que decidí adornar este texto con “El castigo de los ladrones”, la ilustración de William Blake para el canto XXIV de la Divina Comedia, no puedo cerrar esta columna sin darme el gusto de decir que si bien nuestro Virgilio de pacotilla no nos mostró los innumerables círculos de corrupción y tráfico de influencias que conforman el infierno que habitamos, y mucho menos nos llevó al paraíso de la justicia y la reparación del daño, debemos reconocer que al menos nos guió, sin proponérselo, a través del limbo jurídico y moral en el que las ratas sobrealimentadas que nos “gobiernan” medran con completa impunidad. De nosotros depende que sigan construyéndose palacios insultantes con nuestro dinero y a costa del bienestar de millones…

Cerrar los ojos

ojos juristas

Por Adriana Med:

He notado que de un tiempo para acá cierro más los ojos. No solo para estornudar o para dormir: también para sentir mejor los buenos momentos y, de algún modo, concederles algo de intimidad. Me recuerdo en esa noche feliz rodeada de tanta gente, de tanto ruido, cerrando los ojos con una sonrisa. Las voces parecían una orquesta desorganizada dirigida por un excéntrico personaje, y mi sentido del tacto, agudizado, hacía del viento en mi rostro el mayor, el más glorioso de los goces.

Solemos relacionar el acto de cerrar los ojos con cobardía, indiferencia o terquedad. Y a veces es así, incluso literalmente. En momentos de conflicto en las que no hay diálogo o solución posible, he llegado a cerrar los ojos y los oídos para pensar en otra cosa, restándole importancia a lo que considero que no merece la pena. Además, como los yoguis, cuando el estrés me gobierna, yo también cierro los ojos y me concentro en mi respiración, consiguiendo así un poco de tranquilidad. En cuanto a los momentos de miedo y sensibilidad ante imágenes explícitas, cerrar los ojos es más un reflejo que una decisión. Nuestros párpados nos protegen del mundo, muchas veces sin consultarnos.

Antaño las palabras “Cierra los ojos” podían llegar preocuparme porque casi siempre salían de la boca de alguien que no era de fiar. Cerrar los ojos es desarmar el cuerpo y acaso el espíritu, por eso puede ponernos tan nerviosos, por eso nos negamos o nos preparamos para una broma de las pesadas.  ¿Pero qué tal cuando una persona de  nuestra confianza nos pide lo mismo? Nos emocionamos como niños y los cerramos de inmediato porque sabemos que nos espera una agradable sorpresa, y una vez que comprobamos que estábamos en lo cierto, anhelamos la próxima vez.

Mucho se ha escrito sobre lo bello que es mirar a alguien a los ojos. “Sometimes, when I look deep in your eyes I swear I can see your soul”, dice una (preciosa) canción de James. Todos podemos identificarnos con esa línea. Nadie es inmune a la fuerza de una mirada. Es un lugar común del que afortunadamente nadie está a salvo. Quizá ni siquiera los ciegos.

Fascina sin duda examinar unos ojos abiertos, pero creo que es también es hermoso ver unos ojos cerrados, observar los vestigios de un alma que ha bajado las persianas pero no se ha ido a ninguna parte; está ahí, tranquila, indefensa, soñando con quién sabe qué cosas, latiendo en reposo. Ver dormir a un ser amado tiene algo de maravilla. Es comparable con ver a un mar tranquilo. No se mueve mucho en la superficie pero está lleno de peces que bailan despacito unos con otros, mejilla con mejilla, y brindan por alguna festividad absurda que seguro nos haría reír.

Me gustaría ver algún día una exposición fotográfica de personas con los ojos cerrados. Sería increíble conocer a tantas personas en ese estado de privacidad interior, de misterios insondables. Las cortinas del alma también son importantes, dicen mucho. Y cerrar los ojos no siempre es huir. A veces es confiar, a veces es querer sentir mucho más.

Tantas gracias, Luthiers

Luthiers

Por Alejandra Eme Vázquez:

Teníamos tres: Volumen 4, Mastropiero que nunca y Hacen muchas gracias de nada. Tres que se repetían una y otra vez no hasta el cansancio, porque ¿quién se cansaría de escuchar a Les Luthiers?, pero sí hasta que la niña que yo era memorizó cada escena, cada canción, cada registro, cada risa del público y cada pausa de aplauso. Creo que entonces no tenía conciencia de que lo que yo estaba escuchando era un recital en vivo; esa certeza me vino después y por eso aún ahora, si oigo otra versión de «La tanda» o «Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras», algo en mí me insiste en que se están equivocando si se oye una ovación distinta o una risa en otro momento.

Esos fueron los Les Luthiers que yo conocí porque mis padres y mis tíos tenían sus discos, porque oírlos entre risas era muy frecuente y porque muchas frases sueltas se fueron colando al repertorio familiar, y entonces cuando alguien dice algo fuera de lugar se puede oír un «señoooora» que recuerda a Marcos Mundstock dando consejos para las madres, y los padres; o «no me asusta el acertijo», como Daniel Rabinovich haciéndole una payada a la vaca sin saber qué es una payada (y quizá tampoco una vaca); o «mi honra está en juego y de aquí no me muevo», de Ernesto Acher como un Don Rodrigo que firme, firma su rendición. Así es como se sabe que algo se ha convertido en un referente personal obligado: por la cantidad de detalles que se quedan a vivir en lo que somos.

Los sonidos de la infancia dan forma al oído, de eso estoy segura. Por eso cuando ahora escucho, por ejemplo, la Sinfonía Marina de Piero, a los Hermanos Rincón, a Cecilia Toussaint cantando a Jaime López, a Serrat, Amparo Ochoa, Soledad Bravo, Botellita de Jerez y todas esas voces que poblaban mi casa de aquellos años, con el señor Eme y la señora Vázquez abrazando la música, una memoria especial se me activa desde un sitio que no controlo. ¿Será ahí donde reside el famoso niño interior?

Justo de ahí me vienen Les Luthiers, los lauderos que construyen instrumentos maravillosos con las palabras y otras materias. Los creadores del hilarante compositor alternativo Johan Sebastian Mastropiero. Aquellos que para mí fueron primero voces y luego rostros, los que hacían reír a todos quienes yo quería, los que me presentaron sin quererlo ese humor que se volvió lo natural. Humor en el que las palabras salen a jugar y se raspan, y andan en círculos, y se esconden, y bailan. Gerardo Masana, Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich, Jorge Maronna, Carlos López Puccio, Carlos Núñez Cortés, Ernesto Acher: esos otros niños héroes.

Por eso ni me cuestioné la reacción cuando, al enterarme el pasado viernes de que Daniel Rabinovich había fallecido a los 71 años por problemas cardiacos, mi infancia interior se apropió de mi tristeza. Tristeza profunda por mis luthiers de aquellos acetatos que luego mudaron de formato; los de las inconfundibles voces que luego asocié a rostros en videos de Youtube; los que reconocí en vivo en 2012, en la Lutherapia del Auditorio Nacional, y que se adueñaron por completo de mi risa ahora adulta porque ellos fueron quienes la educaron. El luto que no viví por Gerardo Masana, quien murió en 1973 (siete años antes de que yo naciera), se me vino encima por Rabinovich, cuya voz e intervenciones inconfundibles son claves en mi educación sonora y humorística: ser miembro fundador de Les Luthiers y mortal debería contar como una contradicción hasta ontológica.

Qué conflicto, cuando muere alguien que fue responsable de nuestra risa. ¿Qué hacemos: reímos llorando, como en aquel poema de Juan de Dios Peza? Para responderme, no puedo evitar recordar a los geniales Monty Python, que en el funeral de su compañero Graham Chapman (muerto en circunstancias bastante trágicas) arrancaron carcajadas a los deudos con su irreverencia y terminaron cantando «Always look at the bright side of life», la canción final de La vida de Brian que iguala estar vivo con una mierda y a la muerte, con una broma. En pleno funeral hicieron del humor protagonista, y hasta el día de hoy no pierden una sola oportunidad para burlarse del tema.

Ahora que veía la entrevista que hicieron a Carlos Núñez Cortés el día que tan sorpresivamente murió Rabinovich, no  lo vi irreverente pero sí tranquilo, con el alivio de la amistad bien forjada y las carcajadas bien compartidas. «Deberemos aprender a seguir jugando sin él», dijo, y eso confirma a su modo la filosofía de los Python. La verdad es que Rabinovich, como Graham Chapman, ya no juega en físico pero sí más allá de su presencia porque se quedó aquí, en sus cercanos que lo quisieron y sus lejanos que lo quisimos. Debe ser una de las grandes prestaciones de vivir en el humor, eso de que todo recuerdo póstumo vaya acompañado por una agradecida sonrisa, o hasta carcajada.

El juego de Les Luthiers podría identificarse con el de las palabras y la música, pero finalmente es el juego del humor, ése que está abierto para quien quiera entrar y permanecer. Y salir, también, aunque quién querría salir de algo tan generoso. Pocas cosas pueden ser tan esperanzadoras como la idea de que la risa sea capaz de trascender la propia vida; o al menos en lo que a mí respecta, pongo mi esfuerzo y confianza en que cuando ascienda yo a cadáver, haya sembrado suficiente cariño en los que se queden como para que hagan fiestas conmigo y si han de recordarme con una frase, sea: «No le asustó el acertijo».

Va por vos, Rabinovich.

Libros y mujeres

women

Por Deniss Villalobos:

Me resisto a pensar que hay una sintaxis y una puntuación propia de las mujeres, ni un recorte específico del lenguaje. ¿Usamos más puntos suspensivos?, ¿más signos de preguntas?, ¿menos palabras con hache intermedia?
Liliana Bodoc

 

No leo libros escritos por mujeres, me dijo un compañero de la universidad hace pocos días. La persona en cuestión me pidió que le recomendara algo, así que le di el título y nombre del autor de uno de los libros que más me ha gustado en lo que va del año. Hasta ahí tendría que haber quedado, ¿no? Alguien pide una recomendación, la recibe, y entonces googlea o busca en la biblioteca para saber si el libro recomendado es de su interés. Seguir leyendo

Ricardo Anaya

Ricardo-Anaya

Por Frank Lozano:

El PAN está muy lejos de morir, como afirman los simpatizantes de Javier Corral. Pero también, el PAN está lejos de volver a ser una opción viable para los ciudadanos.

El imponente triunfo de Anaya sobre el senador Javier Corral dibuja al PAN actual. Se trata de un partido donde ya no hay cabida para la reflexión. Se trata de un partido donde el 80 por ciento de los militantes han avalado el rumbo que ha tomado el partido en los últimos años: un rumbo perdedor, con un liderazgo pusilánime, que redujo su votación en el 2015 y que suscribió el hoy desdibujado Pacto por México. El PAN es cómplice de tener una autoridad electoral como la que hoy hay. El PAN es cómplice de la reforma energética fallida. El PAN no defendió, ni ha defendido, la reforma educativa. Seguir leyendo

El asombroso Randy

Randi

Por Oscar E. Gastélum:

“A lie does not consist in the indirect position of words, but in the desire and intention, by false speaking, to deceive and injure your neighbour.”

Jonathan Swift

Entre el riquísimo catálogo de documentales ofrecido por Netflix, “An Honest Liar”, dirigido y producido por Tyler Measom y Justin Weinstein, es una opción destacada y sumamente recomendable. La película explora la muy peculiar vida de James Randi, el mítico ilusionista y escapista que, tras dedicar varias décadas a entretener a un público estupefacto y fiel, invirtió la segunda parte de su vida en desenmascarar a charlatanes de toda laya, desde evangelistas televisivos hasta “psíquicos” doblacucharas. Seguir leyendo