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Historias sin edad

libros

Por Deniss Villalobos:

Leer es una forma de escapar. Correr por tu vida es otra.
Lemony Snicket

Ser niño es fantástico: jugamos mucho y nos preocupamos poco, al menos si somos lo suficientemente afortunados, pero el concepto de infancia que conocemos en la actualidad es relativamente joven y cae con frecuencia en la idealización de esta etapa. Influenciado por la teoría de Rousseau en Emilio sobre la infancia y por los modelos educativos de finales del siglo XIX, se han creado y popularizado ideas que además de cursis son erróneas y hasta dañinas.

Olvidamos que los niños pueden entender y enfrentar conceptos que consideramos propios de la adultez: soledad, pérdida, envidia, ira, dolor y un largo etcétera que nosotros experimentamos desde una edad temprana. Constantemente, cuando pensamos en el pasado, cubrimos nuestra infancia con un manto que nos impide recordar que lo que vivimos y fuimos de niños no fue siempre bueno y adorable. Vemos a los más pequeños como seres puros y perfectos, criaturas mágicas que deberían vivir en un bosque rodeados de animalitos sin que nada considerado por los adultos como “malo y oscuro” llegue a sus oídos o a sus ojos: los encerramos en una burbuja que tarde o temprano se va a reventar.

Las historias que leemos cuando somos niños se han vuelto parte de esa burbuja creada por los adultos. Estas historias son muy importantes, pero no porque puedan o deban educarnos —mal o bien según el adulto que esté juzgando—, sino porque nos entretienen de la misma forma que hacen cuando somos adultos. Tal vez lo único que cambia al crecer es que leemos ya no solo para pasar el tiempo, sino también para hablar de lo que pensamos o sentimos al leer de forma mucho más reflexiva que cuando somos niños. Esto no quiere decir que un adulto lea mejor o peor que un niño y viceversa: son, simplemente, tiempos distintos que nos llevan a formas diferentes de interpretar un texto, y esas interpretaciones no son inamovibles en ninguna etapa de la vida: sin importar a qué edad nos acerquemos o regresemos a un texto, nuestra percepción será distinta.

La literatura infantil y juvenil no es un género, pero aunque a muchos nos incomode esa categoría tendemos a llamarla así por cuestiones prácticas, pues en el mundo editorial actual esa etiqueta funciona. El encanto de las historias para niños y jóvenes no está encerrado en la infancia: viaja con nosotros cada vez que volvemos a esos textos o nace si los descubrimos siendo adultos. El gran problema de las etiquetas “infantil” y “juvenil” es que muchas personas piensan que el público de esas obras se reduce, cuando en realidad se está ampliando: un libro recomendado para niños de nueve años no es un libro exclusivo para niños de esa edad, es un libro que, según el criterio de quien lo edita, puede ser comprendido por una persona a partir de los nueve y hasta el número que mida la edad del ser humano más longevo sobre la Tierra.

Un libro al que decidamos acercarnos siendo adultos no tendrá una etiqueta que nos niegue o permita su lectura dependiendo de nuestra edad, aunque al abrirlo la experiencia que tengamos con el texto estará ligada a nuestros gustos y conocimientos previos. Lo mismo pasa con los niños, pero es solo a ellos a quienes hemos puesto tantos filtros y etiquetas de colores para que los adultos puedan decidir qué pueden o no pueden leer. Existen personas aburridas o divertidas, mentirosas u honestas e inteligentes y tontas sin distinción de edad: me gustaría que recordáramos que eso incluye a los niños. En un fragmento de su versión de “La Cenicienta” en Cuentos en verso para niños perversos, Roald Dahl lo explica de manera sencilla:

¡Si ya nos la sabemos de memoria!”,

dirán. Y, sin embargo, de esta historia

tienen una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia…

No se trata de lanzar a los niños al bosque para que peleen contra terribles bestias armados solo de un pequeño cuchillo. Es importante que, al menos en los primeros años de nuestra vida, podamos divertirnos y dejar las preocupaciones para después. Lo que no deberíamos hacer es pintar mundos rosas y azules en los que no existen el dolor o los problemas, porque eso es una gran mentira. Tampoco se trata de repartir copias de Cien años de soledad o Por el camino de Swann en primarias y secundarias, porque no es lo mismo escribir para niños que escribir exclusivamente para adultos: el lenguaje que conocemos y las experiencias que tenemos cambia de manera considerable con los años. Lo ideal sería encontrar un balance, permitir que los niños se asomen a lo mejor y también a lo peor del mundo, sin llegar al extremo de considerarlos adultos bajos de estatura o ángeles de ropas blancas que no deberían ensuciarse jamás: ninguna de esas ideas son verdad y polarizar es casi siempre un error.

Afortunadamente, entre todas las opciones que el mercado editorial ofrece desde el siglo XX, existen muchos autores que valen la pena y dejan a un lado esa idea de la infancia rosa para ofrecernos historias de muchos colores con momentos que muchas veces llegan a ser totalmente negros: historias que aunque están concebidas para lectores que se encuentren en la infancia y la juventud pueden disfrutarse también estando en la adultez, recordándonos esas versiones originales de cuentos donde las sirenas se suicidan y a las niñas de zapatillas rojas les cortan los pies que el cine y algunos autores nos edulcoraron.

Si mencionara todos los autores o títulos que encuentro maravillosos, y sin contar todos los que aún no tengo oportunidad de leer, nunca acabaría, pero hay algunos que nadie, niño o adulto, debería perderse: el ya mencionado Dahl y su Superzorro borracho que se vive toda la historia al borde de la muerte; Neil Gaiman y Coraline, una niña que, como muchos, vive en un mundo oscuro sin un solo amigo y con unos padres que le ponen muy poca atención, sin que esto impida que viva una gran aventura; la serie de eventos desafortunados de Lemony Snicket, donde los hermanos Baudelaire, además de llevar el apellido de un poeta maldito, se enfrentan a la pérdida de sus padres y la persecución del terrible Conde Olaf; Edward Lear y sus pequeñas historias y dibujos que no tienen sentido; Maurice Sendak y su cocina de noche, donde hay que escapar de ser cocinado vivo; la visión de un mundo cruel y terrible que conocemos en las crónicas de CS Lewis; la infancia difícil de Papá Mumin en las historias de Tove Jansson; todos los consejos de Dr. Seuss, en especial cuando nos habla de los lugares a los que podemos ir o cuando nos cuenta cómo alguien robó la Navidad; el pato de Wolf Erlbruch que nos enseña tanto sobre la muerte, o la orfandad que no conoce de geografía porque puede aparecer en París o Nunca Jamás con Madeline y Peter Pan.

Seguramente hay mucho que criticar en todo lo que dije porque la forma en que interpreto y me relaciono con la literatura va cambiando cada que abro un nuevo libro. Solo me gustaría invitar a los adultos a leer libros para niños: novelas, cuentos, cómics o álbumes ilustrados, lo que les llame la atención. Y ojalá también le regalen a los niños libros que a ustedes los han hecho reír y llorar. Que mi sección favorita de una librería sea la de LIJ, aunque ya sea adulta, no fue una decisión consciente sino casualidad: me asomo y encuentro ahí, siempre, un libro que me pide llevarlo a casa, exactamente igual que cuando veo la sección de poesía o ensayo. Al final, las buenas historias no tienen edad ni etiqueta, son aquellas con las que podemos escapar: las que nos hacen correr por nuestras vidas.

Maestros contra políticos: miopía pura.

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Por Frank Lozano:

La disputa que actualmente tienen entre sí un sector del magisterio y el Estado, tiene más qué ver con el control político y con el poder que con la educación.

En los hechos, el gobierno atiende los preceptos que le ordena la Constitución producto de la reforma educativa. Por su parte, un segmento del magisterio se opone a la reforma y se declara en resistencia.

Unos y otros enarbolan sus razones, pero ninguno es capaz de ir a la médula del asunto: en México el sistema educativo no sirve. Se trata de un sistema obtuso que produce zombis. Este sistema descansa en una pedagogía ineficaz, que homogeniza a los estudiantes. No desarrolla habilidades de pensamiento, domestica la mentalidad. No está basado en la reflexión, sino en la sumisión cognitiva. No provoca preguntas, impone respuestas. No profundiza en la creatividad, la mata a golpe de repeticiones. No evalúa al alumno como una realidad única, que posee sus propias aptitudes y formas de aprendizaje, lo clasifica y califica a través de un único molde.

Bajo esa misma lógica, la evaluación magisterial es estéril. Muchos maestros aprobarán, pero si el modelo educativo no cambia, la evaluación sirve para un carajo. Eso debe de entenderse con urgencia.

Ni el Estado ni el magisterio están entendiendo lo que está en juego. La coyuntura invita a pensar más allá de lo formal. Lo formal es la constitución. Lo formal es el juego político. Lo formal es una suerte de semilla revolucionaria que pretende orquestar un choque contra el Estado desde las bases más radicales del magisterio.

Las bases más radicales del magisterio, parecen ver una oportunidad revolucionaria. Esta visión es torpe y oportunista. Pervierte el sentido de la lucha por la educación. Es miope en cuanto a que no pone a revisión los problemas de fondo del gremio, ni del estado, ni del modelo educativo. Es mezquina porque sucede en el marco de una debilidad institucional del Estado que, dicho sea de paso, no tiene mucho margen para cometer más errores.

Pensar más allá de lo formal y más allá de la fantasía revolucionaria sería precisamente abandonar las formas y sí, revolucionar el campo educativo, pero modificando la pedagogía.

Y no se trata de enarbolar un nihilismo dogmático que tire por la borda una estructura dada, se trata de un replanteamiento de fondo en la orientación, es decir, una reforma pedagógica aparejada de una reforma social.

La transformación del paradigma educativo tiene que pasar por la ruptura en las diferentes dimensiones del problema: hay una dimensión política, hay una dimensión social y una dimensión del desarrollo que no se toman en cuenta ahora, y que tampoco se tomaron en cuenta al momento de hacer la reforma educativa.

La reforma educativa parece estar dirigida para depurar política e ideológicamente la estructura magisterial, no para elevar la calidad docente. La calidad de la docencia parece ser una especie de consecuencia accidental.

Tristemente, se ve lejana una modificación de este tipo, que pondere algo más que el control político de un gremio; una que ponga en el centro del debate el tipo de país que se quiere construir y qué papel juega la educación en ello.

Independientemente de quién se imponga en este conflicto, el estado de las cosas se mantendrá igual. Por ende, pierde el país y pierden las nuevas generaciones.

Trump y los oligarcas vengadores…

Trump

Por Oscar E. Gastélum:

“The only vice that cannot be forgiven is hypocrisy. The repentance of a hypocrite is itself hypocrisy.”

William Hazlitt

Hace unos días el millonario norteamericano Donald Trump anunció que buscará la presidencia de su país en un evento que parecía más un sketch de Monty Python que un mitin político. El discurso que pronunció ante un auditorio conformado por actores a los que contrató para aplaudirle, brilló por su incoherencia y los delirantes exabruptos xenófobos y racistas que el flamante aspirante presidencial dirigió en contra de los inmigrantes mexicanos avecindados en EE. UU.

Trump está lejos de ser una figura respetada o políticamente relevante en su país. Todo lo contrario, es un heredero caricaturesco y adicto a los reflectores, que hace hasta lo imposible por cultivar una imagen, ridículamente inverosímil, de “self-made man”, a pesar de que ha dedicado buena parte de su existencia a dilapidar veleidosamente la fortuna que recibió en charola de plata tras la muerte de su padre.

Para la inmensa mayoría de los estadounidenses Trump no es más que un bufón patético y ególatra que estampa con su apellido todos los bodrios arquitectónicos que ha levantado con el dinero de su papi, y ostenta sobre la cabeza el peinado más horroroso del mundo,  monumento involuntario a sus más profundos complejos e inseguridades.

Por si esto fuera poco, Trump ya protagonizó una fracasada y esperpéntica campaña presidencial hace cuatro años. Nada expone mejor la mancillada reputación del personaje que la reacción de los principales comediantes anglosajones, de Jon Stewart a Stephen Colbert pasando por Bill Maher y hasta John Cleese, ante el anuncio de su candidatura. Todos sin excepción celebraron estruendosamente la noticia pues representa una mina inagotable de humor involuntario a su entera disposición.

Por todo esto y muchas razones más me pareció un error garrafal que la cancillería mexicana se pronunciara oficialmente ante el desvarío de un cretino delirante, dándole así peso diplomático a sus disparates. Pero entre las muchas y variadas reacciones emanadas de México, la más ridícula e insultante provino de Televisa y Carlos Slim, el segundo hombre más rico del mundo, quienes decidieron exhibir su inmenso amor por los migrantes mexicanos cancelando públicamente sus negocios con Trump.

Que Emilio Azcárraga y Carlos Slim, dos de los principales responsables y beneficiarios de un sistema económico y político que ha hundido a millones de mexicanos en la miseria y la falta de oportunidades, y los ha lanzado a la búsqueda de una vida digna en EE. UU., se rasguen las vestiduras ante las sandeces de Trump y finjan solidaridad con esa gente, con cuya desgracia han lucrado impúdicamente durante décadas, es una incongruencia obscena y profundamente ofensiva.

Sí, Donald Trump es un demagogo vesánico y racista, pero él no es el culpable de que este país haya expulsado a decenas de millones de sus hijos a una tierra extraña, y muchas veces hostil, para poder sobrevivir dignamente. ¿Qué sería de Slim, Azcárraga y el resto de nuestros voraces y vulgares oligarcas sin esa válvula de escape que representa nuestra vecindad con EE. UU. y la capacidad de nuestros vecinos para absorber a decenas de millones de nuestros menesterosos ofreciéndoles la oportunidad de realizarse como seres humanos? ¿Y qué sería de la primitiva y enclenque economía mexicana sin los miles de millones de dólares que manda anualmente esa gente a la que este país sin memoria abandonó a su suerte?

Nadie ha resultado más beneficiado con la migración masiva de mexicanos desamparados rumbo a EE. UU. que la oligarquía insaciable encabezada por Azcárraga y Slim. Si esos millones y millones de ciudadanos que han logrado huir siguieran atrapados en este infierno y la economía no contara con sus remesas, la situación del país se habría vuelto insostenible desde hace décadas y, por las buenas o por las malas, algo habría tenido que cambiar.

Así que la próxima vez que Slim y Azcárraga quieran ir más allá del efectismo barato y hacer algo real por los migrantes mexicanos, o por el país al que expolian sin piedad y mantienen en un bochornoso e injustificable atraso, pueden ahorrarse sus gestos huecos e hipócritas y considerar alguna de las siguientes opciones:

  • Dejar de evadir miles de millones de pesos de impuestos. Con los ingresos multimillonarios que el Estado mexicano recaudaría, podría ofrecer educación y salud de calidad a toda la población.
  • En el caso de Televisa: Dejar de producir la basura barata que ha envenenado la mente y atrofiado el gusto de millones de miserables a lo largo de las últimas décadas, perpetuando su sujeción y desgracia.
  • En el de Slim: Ofrecer productos y servicios de calidad a un precio justo en lugar de aprovecharse de consumidores indefensos y carentes de opciones.
  • Abrirse a la verdadera competencia, en lugar de esconderse cobardemente detrás monopolios, duopolios y oligopolios que generan fortunas obscenas a costa del bienestar nacional.
  • Dejar de manipular y adulterar el proceso democrático y de imponer peleles en la presidencia que velen por sus mezquinos intereses en lugar de dedicarse a trabajar para sacar al país de la miseria.

Esas son solo unas cuantas de las muchas medidas que Slim, Azcárraga y sus compinches de la lista de billonarios de Forbes podrían tomar para dejar de ser un obstáculo en la construcción de un México moderno, próspero y democrático, del que no tuvieran que huir millones de víctimas de la desigualdad, la impunidad y la corrupción que tanto los beneficia.

Los mexicanos que se sintieron ofendidos por las groserías de Trump no deben olvidar que se trata de un bufón siniestro pero inofensivo y que los verdaderos enemigos de este país están aquí, manipulando elecciones, saqueando desvergonzadamente el patrimonio nacional y derramando lágrimas de cocodrilo por los pobrecitos migrantes a los que ese gringo malvado ofendió tan feo…

Del otro lado del telón

Teatro juristas

Por Adriana Med:

Me gustan los teatros. Tienen cierta mítica. Ofrecen una atmósfera diferente a la de las salas de cine. Se parece mucho a ir a una fiesta elegante en la que no conoces ni hace falta conocer a nadie, porque a diferencia de las fiestas, uno no va al teatro a socializar sino a soñar. Lo que pasa en el teatro se queda en el teatro. Por más ensayada que esté la obra no podrá repetirse exactamente del mismo modo en que no puede repetirse un atardecer. En cada ocasión hay algo diferente. Un pequeño accidente, un paso de más, un suspiro o una mueca que se escapan.

Siempre hay un señor en el público que tose. Solía creer que era siempre el mismo señor en todos los teatros. Que a eso se dedicaba: a recorrer cada teatro del mundo solo para toser. Quizá le pagan. Quizá una función no puede empezar sin ese señor que tose, me decía. Pero ahora que lo pienso es una idea un tanto descabellada. Lo más probable es que haya una asociación secreta de señores que tosen y que a cada obra teatral le sea asignado un señor diferente. Imagino que en dicha asociación reciben capacitación para toser con naturalidad y son evaluados en base a su desempeño. No me extrañaría que también hubiera una asociación secreta de bebés que lloran. O una asociación secreta de Adrianas que se emocionan.

Cuando la tercera llamada es anunciada, las luces se apagan y el telón se abre, siento que mi corazón late muy rápido. No quiero perderme ningún detalle de ese momento. Me entrego. Ni el juicio final ni un tornado de unicornios: nada puede ser más importante que lo que esté pasando ahí adentro.

Llevo pocos años asistiendo al teatro. Todo empezó cuando me mudé cerca de uno y empecé a escuchar que murmuraba mi nombre. Al principio pensé que era el cansancio o mi tía, pero el llamado se hizo cada vez más constante y enérgico. A veces iba acompañado por fragmentos de música del Cascanueces o El Lago de los cisnes. Finalmente un día asistí a una función del ballet ruso Mari El. Me enamoré.

No recuerdo si alguna vez fantasee con estar del otro lado del telón. Supongo que sí, pero solo lo veía como eso, una fantasía. Mi destino era estar en las butacas y nada más. Cuando el año pasado tuve la oportunidad de bailar en un teatro, desistí por miedo. Eso no era para mí. Yo era una espectadora inmóvil y silenciosa. No era ni siquiera el señor que tose ni el bebé que llora. Estaba ahí para pasar inadvertida y no dejar rastro de mi presencia.

Pero no sé qué me pasa últimamente que tengo el valor de hacer cosas que antes me aterraban. Así que decidí participar en la clausura de mi escuela de danza esta vez. Pese a mi falta de talento me inicié en el mundo de las puntas y las ampollas. Y finalmente la semana pasada el día tan esperado llegó.

Por primera vez entré a un teatro por la puerta de atrás. Era oscuro y brillante al mismo tiempo. Había danzantes con bellos vestuarios por todas partes. Me encantó andar tras bambalinas, en los pasillos, en las escaleras. Antes de que empezaran los números de baile, todos los alumnos de la escuela nos pusimos detrás del telón. Miré alrededor. No podía creer que estuviera entre todos esos bailarines. Me alegró pensar que sí, que yo era uno de ellos. Por extraño que parezca no estaba nerviosa. Primera llamada. Estaba feliz. Segunda llamada. Probablemente más cómoda y segura que nunca. Tercera llamada.

El telón se abrió. No podía ver los rostros de los asistentes pero casi podía escuchar su respiración. Sabía que estaban ahí y que el lugar estaba repleto. Me miraban. Tal vez no directamente pero sí a aquello de lo que era parte. Saludamos dos veces y luego nos retiramos en orden hacia nuestros a camerinos. La función comenzó.

Conforme pasaban los números empecé a sentirme menos confiada. Sin embargo no tenía ganas de huir. Quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. Llegó el turno de mi grupo y salimos al escenario. Bailamos. Y entonces pasó: perdí la concentración y me equivoqué. ¡Después de haber practicado tanto! El pianista y algunas de mis compañeras también se equivocaron. Estábamos todos muy nerviosos.

Al final se escuchó un concierto de aplausos que se sintió como un abrazo, y abandonamos el escenario entre sonriendo y riendo. Aunque las cosas no me salieron como esperaba, salí del teatro sintiéndome una persona diferente a la que había entrado. Después de todo había formado parte de un sueño. No uno perfecto pero sí el de muchas personas. Me había atrevido a estar del otro lado del telón.

Medio sobre índice

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Por Alejandra Eme Vázquez:

También jugabas tú a pedir un deseo cruzando los dedos cada vez que veías un vocho rosa y descruzarlos cuando veías un perro, para que se cumpliera. También a veces tuviste dudas sobre si ese color era más bien rojo y si eso que había pasado era más bien un gato grande. También sentiste la incomodidad de tu medio sobre tu índice, que por sí mismos nunca te molestan, pero cruzados eran de pronto imposibles de ignorar. También te pasó que te distrajiste y de pronto tus dedos estaban uno junto al otro, tan campantes, ajenos al deseo irremediablemente frustrado. Y también hubo veces que pasaste toda la mañana con dedos cruzados hasta que dominaste la técnica de comer con ellos, reír con ellos, abrazar con ellos y cuando viste al perro ya se te había olvidado el conjuro.

Cruzas los dedos para que ése que se avecina sea el camión que te llevará a tu casa, a pesar de que ese camión lleva al menos media hora de trayecto desde su base y si hubo un momento para desearlo quizá fue cuando el conductor lo puso en marcha

o cuando imprimieron el letrero de su destino

o cuando fundieron el metal de la hojalatería

o cuando te mudaste al sur de la ciudad

o cuando se gestó la palabra ruta. Bien lo sabes, nunca deseamos si nos sentimos satisfechos: el origen del deseo es la impaciencia, la necesidad súbitamente revelada, el recuerdo de la carencia o la aspiración. Cruzas los dedos y ajustas cuentas con este momento del mundo sin pasar por el trámite de considerar las causas y los efectos; cruzas los dedos y pones a trabajar el reverso de la lógica, como si tu invocación fuera capaz de alterar una realidad ya puesta en marcha.

Y a veces pareciera que sí, por eso no dejas de hacerlo.

Cruzas los dedos para que se enamoren de ti. Para terminar pronto la eterna corrección de tu tesis. Para que tu país deje de estar gobernado por imbéciles, todo al mismo tiempo y de pronto te faltan dedos. Piensas en tu hermana, que puede cruzar hasta los del pie; seguro que a ella se le cumplen más deseos. Cruzas los dedos para que haya otra forma de desear, una que no limite pero que tampoco nos haga sentir impotentes. Recuerdas la infancia en la que estabas preparada para que un ser mágico te ofreciera tres deseos y tú pedirías dos solamente: el tercero sería tener tres más y así hasta la eternidad.

Entonces te gustaría ser capaz de pedir por otros, también, y por todos los órdenes universales que no te incluyen.

Para que ese señor llegue bien a su casa,

para que la ropa de todos los tendederos huela a primavera,

para que en este momento se esté formando el agua que saciará la sed de los futuros hijos,

para que las letras de cada palabra existente se mantengan unidas,

cruzas

los

dedos.

Tu alumna L. escribió en clase un cuento sobre María Antonieta, una niña que al darse cuenta de que está en su día de suerte, pide un deseo con todas sus fuerzas y se emociona cuando pocas horas después lo ve cumplido: pidió cenar tacos. De entre sus infinitas alternativas, decidió desear lo posible, ¿por qué? ¿El deseo que renuncia a ser escape para ser eslabón es conformista,

es absurdo,

es generoso,

es inútil,

es subversivo?

Cruzas los dedos para que pase lo que tenga que pasar y entonces, María Antonieta, todo te satisface. “Miren cómo me obedece el mundo”, anuncias, y te meces en los días de estar completa. Te pones la pijama a las cuatro de la tarde para invocar a la noche y cuando llega, asumes que el universo te ha obedecido. Te levantas justo antes de que amanezca y no sólo deseas que salga el sol, sino que hay una sorpresa legítima cuando sucede. Y estás segura de que si ahora mismo recuperaras tu tradición de antaño, cruzarías los dedos frente al vocho rosa deseando que tarde o temprano pasara un perro.

Ahora se trata de buscarles la mecha a los deseos. Del placer de anticipar y la necesidad de margen. No quieres que haya un poder superior que manipule las circunstancias por ti, ni por nadie. Nada a tu favor, nada en tu contra: sólo camino. Has generado

¿aprendido?

¿interiorizado?

                                                                           la convicción de que si vas a desear algo será la permanencia de esos pequeños puentes que te permiten hacer tú misma lo que quieres, lo que debes, lo que te toca. A manos abiertas.

 

No se te olvide, pues, cruzar los dedos. Hay un mundo esperando a descruzarlos.

Héroes

modern

Por Deniss Villalobos:

Will you stay in our lovers’ story?
If you stay you won’t be sorry ’cause we believe in you
David Bowie, Kooks

Iniciaré con una confesión: no me gustan las personas que no quieren a su familia. Sé que debe haber excepciones en las que existan razones de peso para llegar a esa conclusión, pero en general huyo de aquellos que se atreven a soltar un “no quiero a mi mamá”, “no le daría mi riñón a mi hermano”, “odio a mi abuelo” o “no me importa si mi tía está enferma”. Para mí la familia es lo más importante del mundo. No sé si lo aprendí de Los Supersónicos o Los Picapiedra, pero me alegra sentir tanto amor por las personas con las que crecí.

Mi relación con mi familia está muy lejos de ser perfecta: hay peleas, conflictos profundos que tardaron o tardarán años en resolverse, un buen puñado de secretos y mentiras, pero también tenemos muchos momentos felices y hemos estado siempre juntos en los mejores y peores momentos. No hablo solo de mis padres y mi hermana, sino también de mi abuelita, mis tíos y mis primos: una familia enorme como de película italiana. Por eso me encantan las series o películas en las que hay familias grandes que, entre toda la locura, nos muestran también mucho cariño. Me hacen entender un par de cosas y llorar no pocas veces al darme cuenta de que todas las familias, contradiciendo a Tolstoi, son felices e infelices al mismo tiempo, cada una a su manera, y eso las hace geniales.

Recuerdo que en una Navidad, cuando era niña, dibujé tarjetas de felicitación para cada uno de mis familiares. Cuando las terminé, como era mucho más tímida que ahora, no me atreví a decirles lo que había hecho, así que las tarjetas terminaron en alguna caja de adornos que nunca volví a ver. Me arrepentí mucho tiempo por no haberme atrevido a darles ese regalo, e incluso llegué a pensar que, de haberlo hecho, seguro no les habría gustado. Ahora me doy cuenta de que pensar así es una tontería y ya no dejo que la vergüenza o el miedo me impidan abrazar a mi mamá en la calle o darle muchos besos a mi abuelita, además procuro que las peleas con mi papá no duren más de un día y voy al cine con mi hermana cada semana, cada que puedo le digo a mi tío favorito que lo quiero mucho y cuando visito una librería siempre le compro algo a mis primos, paso varias tardes a la semana con el más pequeño de ellos y le hago regalos tontos a mi sobrina como un patito de plástico o un cuadro de un faro en el mar que yo pinté antes de que naciera. Todas esas cosas importan: son tarjetas que no deben terminar en una caja de adornos.

Hay un episodio en el que Manny, uno de los personajes principales de Modern Family, debe realizar un ensayo sobre alguien de su familia a quien considere un héroe. Durante el episodio va tachando en una lista a cada uno de los candidatos porque hacen algo que lo decepciona, pero se da cuenta de que con defectos y virtudes, todos terminan apoyándose y complementando una parte del otro, así que al final decide escribir sobre todos: su familia, en conjunto, es para él su único héroe. La maestra le pone un siete de calificación además de una nota que dice “esa no era la tarea”, pero Manny sonríe a la cámara porque escribió la verdad.

Todos tenemos una tía rara que sube a la azotea a bailar bajo la luna y te obliga a ir con ella, abuelas que quieren curar todo con remedios extraños pero que preparan los mejores chiles en nogada del mundo, madres un poco sobreprotectoras o quizá algo locas que te darán la mano aunque te caigas mil veces, padres explosivos que sin pensarlo darían la vida por ti, hermanos que a veces queremos ahorcar y que al final siempre te abrazan, primos y sobrinos pequeños que desesperan a cualquier adulto para después decir algo muy tierno o gracioso; y sin todos ellos nosotros no seríamos lo que somos. Bueno o malo, hay algo de cada uno de nuestros familiares en nosotros: un gesto, una palabra o frase y un rasgo físico. La familia es, de cierta forma, una casa de espejos en la que la mayor parte del tiempo el reflejo que vemos es fantástico: el único lugar en el que todos somos el héroe de alguien.

Feliz matrimonio queridos gays

SAN FRANCISCO - JUNE 17:  Same-sex couple Ariel Owens (R) and his spouse Joseph Barham walk arm in arm after they were married at San Francisco City Hall June 17, 2008 in San Francisco, California. Same-sex couples throughout California are rushing to get married as counties begin issuing marriage license after a State Supreme Court ruling to allow same-sex marriage.  (Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

Por Frank Lozano:

No es de sorprenderse la reacción que ha tenido el episcopado mexicano ante la epifanía que tuvo la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al avalar el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Entre tanta oscuridad que vivimos, esta, sin duda, es una noticia positiva que nos pone en vías de ser una nación más incluyente, más justa y más igualitaria. Seguir leyendo

¿Como Westeros no hay dos?

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Por Oscar E. Gastélum:

“Living well is the best revenge.”

George Herbert

La semana pasada abordé algunas de las razones por las que jamás dejaría de ver Game of Thrones motivado por el supuesto “sadismo” de sus creadores. Pero se me acabó el espacio antes de que pudiera hablar de uno de los aspectos más estimulantes de la saga. Me refiero al hecho de que, a pesar de desarrollarse en un mundo ficticio poblado por monstruos y en el que la resurrección es posible (¿spoiler alert?), retrata a la perfección la degradación de la existencia bajo un régimen feudal. Seguir leyendo

Un vaso de agua

macca juristas

Por Adriana Med:

Quiero un caballo, quiero un cordero. Quiero un hogar en medio de la campiña. Esa y otras cosas dice el disco Ram de Paul y Linda McCartney. Escucharlo es como abrir la ventana y sentir el viento en la cara o como sentarte en una piedra y meter tus pies en un río. Lejos del alboroto y el griterío que caracterizó a la beatlemanía, se erige una música cálida y divertida que no da respuestas ni tampoco formula preguntas. Entre el nonsense se adivina un mensaje: “llegué a casa”. Seguir leyendo

Que muero porque no muero

zombies

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

Santa Teresa de Ávila

I

Todo lo que sube tiende a zombificarse. Sobre todo desde hace unos años, los muertos vivientes han sido recuperados por los discursos de ficción y tan bien recibidos por el público, que su trasfondo permite actualizar discusiones sobre el medioambientalismo, la bioética, el heroísmo de lo cotidiano, la naturaleza del discurso y la vida misma, lo que sea que esto quiera decir. Hay tesis académicas sobre los zombis como referente cultural, series y películas de ficción que van de lo terrorífico a lo absurdo, estudios serios acerca del sustento científico de estos seres y reescrituras del mundo a partir de la premisa, encantadora o terrible según se le vea, de qué pasaría si un factor en el ambiente hiciera que los que deberían estar descansando en paz vinieran a irrumpir en la rutina de los que están cien por ciento vivos, o eso dicen.

En la naturaleza hay casos de animales cuyas señales de vida se alteran y técnicamente deberían estar muertos, pero no lo están. Esto es causado por parásitos que se instalan en sus cerebros y los mantienen con vida para poder alimentarse, cuando en realidad ya no queda nada de voluntad ni autonomía en el organismo que los contiene. Es lo más cercano a un zombi que tenemos en la “vida real”, pero no son individuos que anden queriendo hacerles daño a sus semejantes sino todo lo contrario: la vitalidad en sí misma se les ha agotado y están a las completas órdenes de miles de pequeños amos que aprovechan y conservan, hasta donde sea posible, el cuerpo oxigenado que les dota de alimento. El mecanismo zombificador de estos parásitos es mucho más práctico que el de los no-muertos que presenta la ficción, voraces e insaciables como la cigarra que no piensa en ahorrar para las épocas de vacas flacas.

II

Justamente, el encanto de los zombis de ficción es que son implacables e irreflexivos; de ahí que hagan surgir universos tan extraordinarios y fascinantes: George A. Romero dictando el manual de supervivencia en sus noches de muertos vivientes; Michael Jackson persiguiendo a su chica con una de las coreografías más icónicas de todos los tiempos; Bill Murray caracterizándose para sobrevivir en Zombieland; las plantas versus los ídems; Juan de los Muertos haciendo negocio con la imposibilidad sentimental de matar a un ser querido, incluso si ya no es el que conocimos vivo; Brad Pitt descifrando la clave de la percepción  del muerto-vivo en World War Z; los pobres humanos huyendo todo el tiempo en el crudo apocalipsis de The Walking Dead. Y lo que nos falta.

Neil DeGrasse Tyson, quien gusta de señalar las imprecisiones científicas en la ficción cada vez que puede, ha asegurado que en el caso de que hubiera una epidemia zombi, es decir, que organismos clínicamente muertos volvieran a la vida, no habría causa alguna de pánico porque no poseerían un sistema circulatorio que irrigue oxígeno a los músculos y por tanto, sólo podrían estar ahí acostados, flácidos; tampoco tendrían hambre porque «sus tejidos grasos no producirían la hormona Leptin, responsable de la sensación de apetito». Pero por más divertido, dramático o aguafiestas que sea imaginar así de desvalidos a los muertos vivientes, en realidad la fascinación por ellos no viene de las probabilidades de su existencia, sino de cómo permiten ver la vida a través de lo que siempre consideramos como su final irremediable. Sin ser inmortales, los zombis subvierten la madre de todos los sistemas: la vida humana. Son los outsiders por antonomasia, libres de sentimientos e ideas, de cánones de belleza y prejuicios. En su imaginario (si cabe llamarlo así), todos somos igual de antojables sin importar para qué usemos el cerebro; entonces, la lucha contra ellos se vuelve una forma de reivindicar la vida por la vida, solamente, puesto que un zombi ni siquiera es un villano sino, en todo caso, un limbo ambulante en busca de permanecer. Un parásito interesante, pues.

III

«Marcharse en medio de un funeral sería, por supuesto, una descortesía. De modo que ausentarse durante el funeral de uno mismo era del todo inaceptable»: así comienza Orgullo y prejuicio: el amanecer de los zombis, primero de los libros donde se presenta la clásica historia de Jane Austen reescrita en código zombi por Steve Hockensmith y Seth Grahame-Smith, quienes exploran este mundo apocalíptico desde un muy grato sentido del humor y con toda razón, porque hablar de muertos vivientes es hablar también del sinsentido de la vida. Mientras otras ficciones basan su efectividad en presentar zombis que atacan al ser humano promedio, que es decir a cualquiera de nosotros, aquí se trata de poner a dialogar con este código a personajes que ya queremos desde hace mucho tiempo. Y entonces las posibilidades se amplían, y los zombis dan para mucho más.

Al leer a las hermanas Bennet aprendiendo a luchar cuerpo a cuerpo contra los “abominables”, sin que de ninguna manera eso signifique perder sus finos modales ni su agudeza de pensamiento, se antoja llevar la zombificación del mundo hasta sus últimas consecuencias, desde el búnker de la ficción, a ver qué más puede llevarnos a pensar. A ver qué se revitaliza, valga la paradoja. Escribamos Altazombi, Las muertas-vivientes, Piedra de zombi, La no-muerte de Artemio Cruz, Songoro Cozombi, Muerte (literalmente) sin fin, El ingenioso zombi Don Quijote de la Mancha: posibilidades sobran  y fundamentos para justificar el ejercicio de reescritura, también. Total, si nos critican de irrespetuosos o banales, siempre podremos defendernos diciendo que para qué tomarse las cosas tan en serio, que a fin de cuentas todos nos vamos a morir. O no.

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